viernes, 6 de octubre de 2017

No seas cobarde y levanta tu espíritu




Abuela linda:

Las grietas que se abren en mi mente, no son mías, pero mue duelen, me espantan.
El polvo esparcido desde el corazón de los edificios derrumbados me quita el aire.
El polvo quieto en la profundidad de las paredes de mi casa rechina, como si se estremeciera para liberarse.
Cuando duermo el suelo succiona las patas de mi cama, asentadas en el tercer piso.
Las chispas del esmeril que corta el concreto colapsado brillan en mis ojos.
Y un quejido, de la fantasía de mi miedo, suena en mis oidos.

Y el sol permanece.
Y el frío permanece.
Y las noches permanecen.
Y mi voz, casi silenciada, permanece.
Y mis palabras, atropelladas por el llanto, permanecen.

Y te escucho diciendo: "¡Hija! ¡Hijita! Ven acá, no seas cobarde ¡Levanta tu espíritu!". Y siento la humedad en mi playera del aguardiente con pimientas rociado desde tu boca. Y me arde la piel con cada golpe de ramas de ruda.

Tu presencia y tus palabras también permanecen.
Veo a través de tus ojos cómo los sabinos se yerguen ¡se levantan!
Veo cómo las enredaderas trepan a los árboles ¡se levantan!
Cómo tu gata ondea su cola luego de ver cómo la serpiente se tragó a sus hijos. Ella se levanta.
Cómo los zopilotes suben al cielo, todas las tardes, haciendo círculos continuos, casi interminables.
Veo cómo el arroyo siempre va al rio.

Veo cómo tu mirada permanece en mí y me llama:
Tu voz me llama de entre las grietas de mi cobardía, tu mirada me extiende la mano para sacarme del hueco profundo de mis miedos.

Abuela, jálame un poco más, que quiero levantar mi espíritu.



domingo, 24 de julio de 2016

La ropa que visto


Me hice un collar con cada grano de maíz desgranado con tus manos y unos aretes con el sonido de las mazorcas frotándose fuertemente.
Me hice un collar con cada grano de frijol majado y unos aretes con el sonido de los palos golpeando las vainas y los granos cayendo en el piso.
Me hice un collar con cada grano de café cortado con tus manos y unos aretes con el sonido de tus brazos abriendo las ramas para encontrar las cerezas.

Me hice un vestido de hojas de maíz y unos aretes con el sonido de tus manos arrancándolas de la mazorca.
Me hice un vestido de miles de cuentas de granos de granada y unos aretes con el sonido de su jugo salpicando dentro de mi boca.
Me hice un vestido de bagazo de caña y unos aretes con el murmullo de los hombres trabajando en el trapiche desde la madrugada.

Me hice unos zapatos de río y un sombrero de ahuehuetes frescos.
Me hice unos zapatos de tierra y un sombrero cristalino y azul como el cielo.
Me hice unos zapatos de musgo y un sombrero de brotes verdes y alegres.

Visto un abrigo de fuego y mi corazón quiere regresar al fogón de tu casa.
Visto un abrigo de fuego y mis ojos quieren ver el milagro de la levadura creciendo.
Visto un abrigo de fuego y mi boca desea el sabor de tu pan horneado.

Mis manos están vacías, abuela, y quieren tocar tu piel dura y arrugada.
Mi corazón te extraña y anhela escuchar de tu boca "lo que Dios diga, hijita".

jueves, 17 de marzo de 2016

¿A dónde se van los sonidos diáfanos?




Abuela ¿a dónde se van los sonidos que nos hacen felices?

¿En dónde guardas tú el sonido del viento que sopla los cañaverales, el del llanto de tus hijos, el del río crecido, el de la cereza de café arrancada, el canto de los pájaros, el del caminar de las mulas, el tronar del fuego de la zafra?

La risa de mi hija ¿dime en dónde he guardado yo ese sonido? Es tan suave como un remolino en un arroyo, tan corta como el zumbido de una abeja, tan diáfana como el agua que toca las piedras en la orilla de un río.

Escucho el llanto de mi hija y el sonido se va de mí como agua entre las manos, como pez en la corriente del río; luego de calmar su hambre o dolor, ya no se escucha más, ya no existe más en mis oídos.

La memoria es tan endeble, abuela dime ¿a dónde se van los sonidos que nos hacen felices? ¿Desaparecen? ¿Es en mi carne que quedan grabados? ¿Es en mis ojos? ¿En las arrugas de la piel?

Dime en dónde se guardan esos sonidos; quiero confiar, como tú, que podré seguir siendo enteramente feliz aunque mis tímpanos nunca más vibren con las palabras de mi hija pequeña.